![]() |
|
Spaces home Pensamiento FuturoPhotosProfileFriends | ![]() |
|
|
June 02 Alquimia de la palabraSomos en la palabra, el verbo, el logos. Al nombrar distinguimos y vemos los elementos que revelamos como formando parte del horizonte de eventos de cada uno de los micromundos que vivimos en nuestra experiencia diaria, en la que la palabra aparece con cuatro funciones mutuamente implicadas en mayor o menor grado según la naturaleza del micromundo de referencia: 1. Función vehicular: usamos las palabras para decir lo que deseamos decir. 2. Función reveladora: en la conversación con el entorno que ella misma distingue como tal, nuestra conciencia establece descripciones que enactúan lo real en el micromundo de referencia. 3. Función poiética: la palabra se muestra henchida de obras que florecen cuando el logos anida, da raíces y crece en nuestra conciencia (Plotino, Enéadas, V, VIII, 6) 4. Función regeneradora: las obras que la palabra siembra en nosotros nos llevan a un cambio, a un renacer: la regeneración se produce a través de la palabra (Corpus Hermeticum, XVI, 2) En todo este proceso se nos produce un proceso interno de continuo rebote entre palabra y silencio, y entre palabra y palabra. Este proceso de alquimia de la palabra ha sido bien descrito por Platón en su Carta VII, escrita a sus amigos de Siracusa en 353 o 352, cinco años antes de morir:
“Hay, sin embargo, una cosa que puedo decir en lo que se refiere a quienes han escrito o escribirán pretendiendo saber el objeto de mi esfuerzo - ya sea que lo hayan escuchado de mí, o de otros, o encontrado por ellos mismos – y es que les es imposible, en mi humilde opinión, entender nada de eso. Por lo menos no hay sobre esto ningún escrito mío y no es previsible que lo haya nunca. Es algo que no se deja expresar en palabras, como otros conocimientos; solamente después de una familiaridad prolongada, una verdadera vida en común, de pronto – como al nacer la llama se enciende una claridad – aparece en el alma y en lo sucesivo se nutre a sí mismo” (Carta VII 7.341c).
“Cuando se han restregado unos contra otros factores, nombres, definiciones, imágenes y sensaciones, cuando se los ha probado en discusiones benévolas y sin poner ningún énfasis ni en las preguntas ni en las respuestas, de pronto se produce, con gran trabajo, un trazo de luz, se concibe y comprende el objeto estudiado, si, por lo menos, uno ha estirado sus fuerzas tanto como le es posible al hombre.” (Carta VII, 7.344b) April 18 Platón y la Ciudad Educadora
Platón vive en una época en que lo arduamente construido y entrañablemente vivido como ideal cultural y cívico se va desvaneciendo en las luchas de poder. Y - como varios otros - hace lo posible por rescatarlo. Ese rescate - es su punto clave - debe construirse sobre la educación de la cual ha de nacer un hacer político que vaya más allá de esas luchas. Educación y política, enseña Platón, son igualables y hermanadas; pero educación y lucha por el poder son formas de vida entre las cuales debemos necesariamente optar, ya que resultan irreconciliablemente antitéticas. Tanto en las descripciones de Platón acerca de la política como sobre la educación, que siempre se entrelazan, hay dos términos que aparecen una y otra vez, y son de referencia obligada al tratar estos temas. Cualquier traducción que se haga de ellos resulta inapropiada, por lo que los usaremos en el original transliterado: "areté" y "paideia". "Areté" tiene que ver con "áristos", "el mejor" y significa, doblemente, tanto la fuerza de quien hace lo mejor, como un ideal de vida que cumplir orientado al mejor comportamiento que es dable esperar de una persona. Tanto hombres como dioses tienen su propia "areté", y ésta viene definida en diferentes formas de acuerdo con diversos contextos culturales. Una es la areté del héroe homérico y otra la del noble campesino descrito por Hesíodo. Diferente la areté del hombre ático de la del dórico o jónico. El gobernante ateniense tendrá su areté ligada a actos de justicia y la del espartano o cretense a acciones de valor en defensa de la ciudad. Pero, en todos los casos, sintetiza un ideal de vida griego expresado en dos diferentes versos de la Ilíada: "aiéin aristéuein kái hypéirojon émmenai allón": es Glaucón que frente a Diomedes, en el campo de batalla, le dice que ha sido instruido por Hipóloco para "pretender siempre lo mejor y superar a todos"; Peleo da ese mismo consejo a su hijo Aquiles. Desde entonces hasta cada uno de los 30.000 corredores que cada año participan en la Maratón de Nueva York el primer domingo de noviembre, tras las huellas del mítico Feidípides, ese ideal de superación ha estado en el corazón de toda construcción personal que valga la pena. El centro y objetivo de toda educación es la areté. Y damos aquí con el segundo término clave: "paideia". El término proviene de "páis", "niño", pero va mucho más allá que la acción educativa que se pueda ejercer con éste. Buscando términos modernos para una traducción podríamos decir "civilización", "cultura", "tradición", "literatura" o "educación", sin lograr una expresión cabal de lo que los griegos designaron por paideia; talvez lo más cercano sería la paráfrasis de que un hombre culto es aquél que se ocupa de su propia paideia y de la de su medio. No existe en la lengua griega de esa época un término específico para lo que hoy llamamos, restringidamente, "educación". La denominación paideia nos obliga a ampliar sus horizontes semióticos, y así lo entiende la lengua griega moderna que llama “paidéia” a la educación. Comparada con estos dos términos, la expresión "política" corresponde en forma muy exacta a lo que Platón significa como ese arte de construir lo cívico: "politiké téxne, la "cosa pública" como tradujeron los latinos: "res publica", república; y nosotros con ellos. A través de la dialéctica de la conversación, Platón introduce a sus lectores hacia una concepción de la areté en sí misma, más allá de las diferencias entre una cualidad moral y otras. Todo lo que podemos llamar "virtud" o "bien" pertenece a una sola unidad: el bien en sí mismo, y el conocimiento de él. Pero se trata de un nuevo concepto de conocimiento, algo diferente de la percepción sensorial, y una nueva concepción sobre la existencia de lo real, diferente de la que era la de los filósofos jónicos de la naturaleza. La areté, objeto de toda paideia y de todo arte político, se resume en el conocimiento y práctica del bien y la justicia. Esto significa una opción de vida: ni paideia ni política son actividades indiferentes en sí, sino que formas de ser y de vivir un ideal virtuoso. El problema central planteado - en definitiva - es la pregunta acerca de cuál es la mejor forma de estado. Y la respuesta que si la areté es conocimiento y práctica del bien, la sociedad ha de ser reconstruida en torno a este principio, a través de la paideia. Ya desde estos diálogos tempranos aparece esta constante en el pensamiento educativo y político de Platón: no existe política sin paideia y toda paideia se orienta a la construcción de la sociedad y del estado. El modelo humano propuesto es la persona de Sócrates, maestro de la mayoría de sus lectores. La educación había llegado a ser un problema reconocido en la edad de los sofistas. Bajo las presiones del desarrollo económico y cultural (como hoy en día) había nacido una nueva clase de docentes profesionales, hábiles en proponer disciplinas y métodos nuevos, pero perdidos en la multiplicidad que ellos mismos habían generado, incapaces de reconocer las raíces de su acción. Enseñantes hay muchos, y el medio que emplean es la palabra. El arte de hablar y de persuadir se han hecho sinónimos de enseñanza. Los retóricos de los tiempos de Platón enseñaban lo que ellos consideraban una "techné", un arte: el de convencer por la palabra. Este asunto de finalidades depende de lo que uno piense acerca de lo que es la naturaleza humana. La misión del educador va más allá de los caminos o métodos hacia el conocimiento: se revierte a su propia paideia. La fuerza que orienta esta paideia es el amor, "éros", palabra que resume la naturaleza tendencial del espíritu, su "ir hacia". Platón enseña a invertir un punto de vista: no se trata de discernir (como hacemos ahora) el tipo de educación que se necesita para la sociedad a la cual aspiramos, sino que al revés. Una sociedad tiene sentido en la medida en que hace posible la cabal paideia de las personas. Así, el esfuerzo habrá de dirigirse a lograr un estado en el que los ciudadanos puedan desarrollar su areté cabalmente, como una forma de vida, "bíos". Los jóvenes no deben terminar su adiestramiento mientras no hayan construido el estado dentro de ellos mismos: el señorío del hombre divino sobre el bestial. A la pregunta acerca de si el estado ideal puede realizarse, Platón responde: constrúyelo en ti mismo. Es ése el Mundo Nuevo en cuyo umbral cada ser humano está invitado a colocarse. Para ello habrá de formarse en la única ciencia válida: la ciencia del escoger, de optar. El único verdadero peligro que nos acecha es perder nuestra capacidad de opción o - lo que es lo mismo - llevar una vida con opciones inducidas desde fuera. Toda paideia se orienta a hacer posible esta capacidad de opción; porque - en definitiva - toda paideia es escatología. Es un proceso de conversión.
April 12 Las herramientas de una educación humanistaEl trabajo de propiciar el nacimiento y el cultivo de lo humano en lo humano es un trabajo poético, esto es, de poiésis, de hacer, de armar, de construir. Esta poética educativa, este hacer educativo, se sirve de ciertas herramientas, de ciertos marcos de propuestas que la escuela ofrece a los estudiantes para ayudarlos en esta construcción de sí mismos como hombres que pertenecen a una tradición de humanidad, y de los cuales se sirve el maestro en su trabajo poético: son las disciplinas, transdisciplinas y metadisciplinas que conforman el plan de estudios. Las siguientes categorías sirven para tener un panorama general. Disciplinas, campos del conocer que tienen un valor en sí mismos, con sus métodos propios.
Transdisciplinas, campos del conocer que atraviesan las disciplinas y las metadisciplinas.
Metadisciplinas, campos del conocer que se ubican en los entrecruzamientos del conocer y del hacer humanos.
Las metadisciplinas entregan el marco privilegiado en que se desenvuelve la educación humanista. Además, pueden trabajar con disciplinas: por ejemplo, una historia de la biología; o una filosofía de las ciencias. La historia. Los primeros habitantes de la península en que con el tiempo florecieron las civilizaciones griegas eran pastores; tenían sus rebaños y tejían su lana empleando el huso de hilar, al que llamaron histós. Con el tiempo se aventuraron en el mar, y tejieron cuerdas y velas para sus embarcaciones; a esa arboladura llamaron histíon, manteniendo la idea de “tejido”, “trama”. Las embarcaciones salían en viajes azarosos, y al regresar los marineros traían cuentos fantásticos de tierras desconocidas: esas narraciones comenzaron a ser llamadas “historíai”: nació así el término “historia”, asociado a narraciones traídas por los marineros a la vuelta de sus viajes, entramados de hechos fantásticos. El término “historia” (“historie” en las colonias jónicas) fue poco a poco siendo empleado para relatos que relacionaban hechos. Tucídides (segunda mitad del siglo V AC) fue el primero en emplear este término para su Historia de la guerra del Peloponeso que terminó con la caída de Atenas en el 404 AC. Posteriormente, los filósofos-científicos del Asia Menor llamaron “historíai” a sus trabajos cosmológicos. En todos estos casos la historia mantiene su sentido de “trama” o “tejido” aplicada a una relación de hechos humanos, divinos o cósmicos. Desde nuestro nacimiento vamos aprendiendo el sentido experimental de una tercera dimensión: la del espacio en que nos desenvolvemos. Pero debemos complementarlo con el sentido de la duración que nos hace reconocer nuestras raíces y dar sentido a nuestras siembras: la humanidad tiene un antes, un ahora y un después. Es camino a la vez que trama. Los enfoques de educación humanista insisten reiteradamente sobre la importancia de este aprendizaje de la capacidad de relacionar. A partir de cualquier punto del programa:
April 10 Educación-paísHacia una educación-país.
Hemos dicho – en síntesis – lo siguiente:
Lo dicho no es asunto reciente: “No dejemos con una significación vaga lo que llamamos educación. Muchas veces, en forma de alabanza o de censura, decimos de ciertas gentes que tienen o que no tienen educación, siendo así que han recibido una muy buena para el tráfico, para el comercio marítimo y para otras profesiones semejantes. A lo que parece, al hablar así, no nos hemos fijado en esa educación propiamente dicha, que tiene por objeto formarnos en la virtud desde nuestra infancia, y que inspira al hombre el deseo ardiente de ser un completo ciudadano y de saber mandar u obedecer conforme a las reglas de la justicia. Ahora bien: ésa es la que intentamos definir, y que, a mi parecer, es la única que merece el nombre de educación. En cuanto a la que tiene por objeto la riqueza, la fuerza del cuerpo y del talento, cualquiera que él sea, pero en la que la sabiduría y la justicia no entran para nada, ésta es un adiestramiento de escaso valor y servil, o más bien una educación indigna de ese nombre. Pero no disputemos sobre el valor de las palabras. Tengamos como positivo lo que acabamos de sentar: que los que han sido bien educados se hacen por lo común hombres estimables; que por lo mismo no debe despreciarse jamás la educación, porque es para un hombre virtuoso la primera de las ventajas, y que si está desprovisto de ella es preciso hacer los mayores esfuerzos, durante toda su vida, para reparar esa desgracia, si es posible” (Platón, Leyes, I)
EvaluaciónLas posibilidades de las evaluaciones
Las evaluaciones que se hacen de los resultados de las reformas de los sistemas escolares en la región de América Latina muestran que la calidad de la educación no está mejorando, que no hay cambios significativos. Esto abre una serie de interrogantes a la vez que coloca a los resultados de la educación en el debate público y los instrumentos que los miden han adquirido un papel político. Ya no es posible pensar lo educativo desde un punto de vista solo técnico-pedagógico, y la mirada se hace más compleja. Una tarea de refundar la escuela – como la que estamos proponiendo – no puede dejar fuera el cómo y qué evaluar. Sin embargo, los sistemas de evaluación aplicados muestran deficiencias y complejidades que es necesario discernir (Tedesco 2003)
Se hace necesario repensar también los procesos de evaluación de la calidad de la educación escolar. Más allá del consenso existente sobre la importancia de evaluar la calidad de la educación sobre las ventajas de la instalación de sistemas para ello, la experiencia de los últimos diez años de reformas de la educación en la región latinoamericana indica la necesidad de volver a pensar estos procesos, principalmente desde sus dimensiones política, comunicacional y pedagógica, y en el modo en que estos dispositivos interactúan con los actores del sistema escolar. Es de responsabilidad de los equipos políticos de los ministerios de educación volver a ver los procesos de evaluación desde la lógica de la revisión de los sentidos atribuidos. Hay preguntas elementales que ayudarán a ordenar las revisiones técnicas que se realicen:
Todo esto se inscribe en la necesidad de construir políticas de sentidos que lleven a definiciones de fundamentos que a su vez sostengan acuerdos técnicos.
El análisis de los sistemas de evaluación de la calidad de la enseñanza en la región latinoamericana lleva a distinguir dos ejes temáticos que engloban las dificultades aparecidas como consecuencias de la publicación de los resultados de las evaluaciones educativas:
Agrégase a lo dicho el tratamiento periodístico de los resultados de pruebas de evaluación de la calidad de la educación que revela que nos encontramos en un ámbito saturado de interpretaciones contradictorias en que se enfrentan diferentes interpretaciones del hecho educativo, de las políticas escolares y de sus resultados. En estas interpretaciones se mezclan elementos de datos, preferencias ideológicas y agendas públicas. De un modo que parece ser inevitable la prensa – impulsada por su propia visión del mundo como sucesión de acontecimientos noticiables y su lógica adversaria – produce un tratamiento simplista y sesgado de hechos complejos como son los resultados de las pruebas que miden el desempeño de los sistemas de enseñanza. Estos efectos pueden explicarse a través de tres reglas:
Sin embargo, la complejidad de los sistemas de evaluación de los resultados escolares es enorme, como lo es también la de los resultados que entregan. Ninguna de estas complejidades forma parte de los habituales resultados periodísticos, con lo se banaliza la información que puede construirse sobre los datos entregados por los estudios nacionales e internacionales de evaluación del desempeño escolar.
La publicación medial de los resultados de las pruebas de evaluación de calidad. La investigación en materia de políticas públicas es cada vez más necesaria y la producción de indicadores se hace clave para la correcta toma de decisiones. En el campo de la educación no ha existido la costumbre de hacer públicos los resultados de evaluaciones de los logros de los alumnos – en gran parte – porque los sistemas de mediciones de calidad son recientes y no se encuentran suficientemente incorporados a la cultura ciudadana. La amplia difusión de estos resultados – en el caso de Chile – ha llevado a usos de los indicadores que están más allá de los objetivos para los que se diseñó el Sistema de Medición de la Calidad de la Educación (SIMCE). Las discusiones que se originan en torno a los indicadores se proyectan en dimensiones política, ideológica, cultural y ciudadana. Se hace necesario aumentar y diversificar los indicadores: no solo hay que difundir resultados sobre niveles de aprendizaje; también hay que hacerlo – por ejemplo – respecto de la capacidad de retención de los alumnos que tiene el sistema educacional, sobre la relación entre infraestructura y rendimiento, y otros. Es necesario incorporar a todos los sectores a la discusión sobre los indicadores y sus usos: si se amplían los niveles de consensos bajarán los usos políticos de estos resultados.
Tal como la hemos venido viendo, la evaluación educativa se ha convertido en un método insuficiente, exagerado, fetichista y formalista. Pero a la vez es una herramienta útil para gobernantes y ciudadanos, que debe seguir. Se hizo incómoda para los ministros de educación porque se convirtió en una trampa de la que son víctimas. Primero la sobredimensionaron y ahora no saben cómo escaparse. Y no importa si las cosas van mal o bien. La evaluación, para los ministros, representa la fatalidad de que las cosas aparezcan públicamente mal aunque vayan bien. El riesgo de la evaluación como fetiche es que, lo mismo que sucedió con la economía, termine vaciando la política y quede cristalizada como una ideología vacía que funciona como espejo deformado de la realidad. La descripción es forzosamente limitada. La cifra sola no dice nada: sólo permite sobrevolar la realidad y evaluarla en grueso. Es como un juego. Inútil como todo juego, pero sin una pizca de lúdico. El análisis más profundo tiene la desgracia de los matices, que suelen ser engorrosos, pero la utilidad de la sintonía fina. La educación, por definición, es un fenómeno de largo plazo. Es imposible mejorarla de un día para otro. Por fortuna también es imposible empeorarla de un día para otro. La evaluación de la calidad educativa, pero sobre todo su difusión, su conversión en instrumento público, se encuentran con ese dato inamovible de la realidad, pero a la vez están tironeadas por la urgencia fabricada en los últimos años en todo el mundo. Pero son útiles para acercar elementos del debate educativo, de los especialistas, a los ciudadanos. Sin embargo, quien dice acercar no dice profundizar ni continuar. No el estado, ni los planificadores de la educación, ni los medios, ni los periodistas especializados aprovecharon esa formidable cartera de temas para seguir una discusión pública apasionante.
El desarrollo de las políticas nacionales de evaluación de la calidad de la educación escolar ha de ser colocado dentro de una perspectiva mayor. Si bien es cierto que las pruebas nacionales de logros de aprendizajes constituyen la práctica más habitual de evaluación educativa en la región latinoamericana, no es la única que se desarrolla en la actualidad. Existen también otros tres ámbitos susceptibles de ser objetos de evaluaciones:
La evaluación de la calidad de los sistemas de enseñanza es una práctica integrada que cuenta con varios componentes: estudios internacionales, estudios nacionales de diagnóstico de rendimiento, evaluación de las instituciones de educación, y otras evaluaciones complementarias (preparación y desempeño de docentes, impacto de las políticas aplicadas, funcionamiento de programas relevantes). Los sistemas nacionales de evaluación debieran considerar estos componentes en forma integrada.
Desde un punto de vista técnico-pedagógico, una evaluación de este tipo ha de comprender todas las dimensiones de lo que se puede entender por calidad de la educación. La experiencia de las reformas de los sistemas de enseñanza en países de mayor desarrollo económico ha dejado algunas enseñanzas:
Los recursos materiales son necesarios, pero no los de mayor importancia; lo básico está en los procesos pedagógicos dentro de la sala de clases. Además, han de cuidarse los procesos de gestión en sus distintos niveles, desde el local hasta el nacional. Todo esto hace que para evaluar la calidad de los resultados de las reformas educativas se requiere contar con sistemas complejos, capaces de reflejar todos los aspectos que intervienen en una educación de calidad. Tales sistemas no tienen por qué ser más costosos que los actualmente implementados
En el caso de la evaluación del desempeño docente habrá que pensar en estrategias que sean capaces de reflejar la complejidad de esa profesión. Un tal sistema debería:
Queda claro en los estudios hechos a este respecto que – si bien hay resistencia de los maestros a un sistema de evaluación del desempeño – ésta no se debe a oposición al mismo sino que a la desconfianza generada por la dificultad natural de evaluar una profesión compleja empleando métodos aplicados en profesiones más simples por la menor implicación humana personal en su ejercicio.
Contenidos
Contenidos de una educación humanista
Más allá de un conjunto de contenidos tratados como un fin en sí, el programa escolar de una educación humanista utiliza ciertos contenidos para acercar a los alumnos al hecho humano. Más que una maestría de los contenidos, lo que se busca es un encuentro con lo humano en las tres maestrías que hemos mencionado más arriba:
El programa de estudios no es más que instrumental, carece de valor en sí mismo, todo su valor estriba en ser herramienta de humanidad, esto es, en su capacidad para despertar y enriquecer lo humano en el niño. Así, un programa de estudios ha de proponer herramientas en torno a determinados cultivos que aparecen como centrales en la historia de la humanidad. Cuando decimos cultivos estamos empleando explícitamente una metáfora agrícola: se trabaja la tierra, se pone la buena semilla, se la riega, se le da protección a la planta que nace, se la apoya y ordena, se la poda y nutre, se obtiene el fruto que lleva en sí la nueva semilla. La escuela desarrolla un programa de estudios que es – básicamente – un conjunto de medios de cultura, esto es, de cultivo, que trabajan ordenando la enseñanza de tal manera que el niño sea enfrentado a un conjunto de actitudes y actividades típicamente humanas, y que permiten ordenar la clase de manera tal que el niño pueda practicar las actitudes y ejercitar las fuerzas que nacen y se desarrollan en esta acción cultural.
Para que la educación ofrezca a quienes se educan una cabal propuesta de los valores que definen lo humano, y para que éstos que se educan incorporen a su realidad estos valores, se hace necesario que la escuela ofrezca a los estudiantes un medio que propicie esa propuesta y esa incorporación de valores y en el cual se acceda a la humanidad de lo humano. La escuela ha de ser una palestra de humanidad; la clase debe constituirse en una sociedad en la que ese “entrenamiento en la humanidad” sea posible en una atmósfera de libertad y estímulo. En ese ambiente, las condiciones humanas en potencia han de ir siendo llevadas a su realización a la medida de la edad de quien se educa. Esto obliga a dejar de lado el intelectualismo que con frecuencia marca los objetivos escolares y establecer un ambiente que se ocupe en forma expresa de propiciar instancias formadoras de la totalidad del ser humano en crecimiento, una persona en el sentido cabal del término: un sí mismo rico en sus aptitudes y disponibilidades e inserto en una comunidad espiritual que amplía los horizontes de lo personal.
El genio pedagógico y la capacidad profesional del docente está precisamente en su capacidad para:
Podemos preguntarnos si esta capacidad del maestro es un don o el resultado de una buena formación, y talvez la respuesta es que nada se saca con lo segundo si no se tiene lo primero: la pedagogía en su sentido etimológico de “conducción del niño” (páis agogéin) es – básicamente – una efloración de capacidades innatas que habrán de ser enriquecidas por la adquisición de modos y herramientas. La educación no es una ciencia sino que un arte de la relación intencionada:
Sin embargo, es evidente que la escuela no es la única institución encargada de esta educación de lo humano en lo humano. La principal cuna del ser que crece es su familia, y el ambiente mayor en que se produce ese crecimiento es la sociedad con todas sus instituciones que se van abriendo en la medida en que el ser humano realiza su crecimiento: la educación se hace aquí una tarea de país, una. Podríamos agregar que la obra de la escuela y del pedagogo se ven fuertemente influidas por los ambientes familiar y social. Lo que deseamos subrayar aquí es que a la escuela y al pedagogo le cabe un papel de filtro y catalizador de las diferentes influencias que se ejercen sobre la formación del ser humano en crecimiento. En la escuela y en la sala de clases, esa influencia que en las agencias sociales es espontánea, se hace intencionada, esto es, voluntaria, explícita, profesionalizada en la acción del pedagogo. A la escuela le corresponde ser la guardiana de lo humano: velar por la supervivencia y la hegemonía de los valores típicamente humanos en el hacerse de quienes van creciendo. Por consiguiente, no sabría poner la formación intelectual por encima de la del corazón; ni los aprendizajes de herramientas por sobre los de actitudes; ni la adquisición de las conductas propias del productor dominando las del ocio; ni las condiciones propias del ser político más allá de las del ser persona. En el trabajo pedagógico ha de dominar el equilibrio, la cohesión, la amplitud de miras y perspectivas desde las cuales cada ser humano irá trazando su vida y haciendo sus propios caminos al andar. La educación tiene un fin en sí misma: no es “para” otra cosa. La escuela no podrá renunciar jamás a este objetivo de humanidad: “la educación es lo que nadie podrá quitarle al hombre; es un puerto de llegada para toda la humanidad”. Educación humanista
Educación humanista
Tradicionalmente hemos asignado como fin a la tareas de humanidad que esperamos que la escuela cumpla, el poner al que aprenda en posesión de su humanidad, de actualizar la humanidad virtual en él, esa potencialidad con la cual nace y de cuya actualización dependerá su futuro y el de la sociedad humana toda; no de su condición de “productor”, sino que de su humanidad: de su capacidad de ocio que es a la vez silencio y trabajo; de admiración y de júbilo; de paz y de aceptación; de mirada interior y de plenitud; de comunión humana. No es el trabajo el que se opone al ocio, sino que el negocio, el nec-otium que lo niega; el trabajo supone el ocio y se realiza en él: sin ocio no hay trabajo que valga. La educación humanista habrá de ser una educación de la capacidad de ocio.
Una de las experiencias que el niño tiene derecho a pedir a la sociedad que le ha dado la vida es la de estar en contacto con la humanidad actual y pasada, de no ser separado de la comunión humana. Desde este punto de vista la educación humanista es la iniciación del niño en esa humanidad que se compone más de muertos que de vivos; o – mejor dicho – que se compone de todos los vivos de todos los siglos.
Así, el instrumento por excelencia de la educación humanista es la historia de la humanidad. Habremos de darle el lugar que le corresponde; no se estudia historia de la humanidad en dos o tres horas semanales: se hace historia cada vez que se evoca un aspecto, un momento del caminar humano. Pero para que este acercamiento sea posible es necesario el manejo cabal y creativo de la lengua y de los distintos lenguajes en que nos expresamos y nos hemos expresado a través de todo nuestro camino humano: oral, escrito, matemático, corporal, musical, plástico. La maestría de los lenguajes ha de ser no solo un objetivo de la educación humanista, sino que su primer objetivo. No apunta la educación humanista, ni puede apuntar, a “enseñar” datos, hechos, ciencias o matemáticas, sino que al logro de una gozosa, personalizada y creativa maestría de los lenguajes, empezando por la lectura y escritura de la lengua materna. Sabemos que al término de nuestra educación primaria los niños no suelen adquirir esta maestría, y sabemos también que esta falla no es solamente propia de nuestros países en desarrollo; hay países del “primer mundo” que se quejan de lo mismo.
Un segundo objetivo de la educación humanista será el método, el camino por el cual he de transitar para lograr un trabajo bien hecho. Los grandes maestros de la humanidad comenzaron por enseñar el método; los grandes maestros de nuestra infancia son los que nos dieron un método, el gusto por el trabajo terminado y bien hecho: desde clavar bien un clavo o hacer un corte recto en una tabla hasta escribir adecuadamente una carta, un poema o un libro; desde saber montar a caballo o caminar por un cerro hasta dar una nota justa en la guitarra; desde pararse adecuadamente hasta correr una maratón en un tiempo adecuado y sin cansarse. Todo esto es método, y el método es un segundo gran objetivo de una educación humanista.
Un tercer objetivo es la convivencia. Somos miembros de una comunidad humana; nos definimos en función de una humanidad compartida; pertenecer a ella nos da sentido y nos engrandece: es nuestro todo lo que los demás hombres hacen y han hecho. La convivencia humana es una vocación y se la vive cuando se la aprende en el vivir diario en paz, en cooperación, en generosidad, en respeto de las diferencias, en la compleja pluralidad social. La sociedad se ha dado a sí misma la institución escolar como fragua de sus miembros para que en ella se forjen las armas de la vida en común. La educación humanista no podrá dejar de lado una convivencia que sea educativa en sí misma. Como en el caso de los escasos logros en maestría del lenguaje, la violencia que se ha adentrado en la sala de clases no es un hecho reservado a los países en desarrollo, sino una constatación que se hace cada vez más universal. Es un desafío educacional de primera magnitud.
Desde el punto de vista de la metodología con que habrá de operar una educación humanista, ésta no puede ser sino que enciclopédica entendiendo este término en su sentido etimológico una pedagogía cíclica que retome sus enseñanzas una y otra vez, en bucles iterativos de múltiples dimensiones, regresando a los orígenes para desde allí volver a desarrollarse: una educación humanista no podrá jamás avanzar sin retroceder primeros orígenes para desde allí nuevamente desarrollarse una y otra vez, siguiendo las dimensiones de desarrollo del niño que opera también cíclicamente. La educación es una tarea compleja y la perspectiva enciclopédica le es particularmente apropiada.
Esta metodología enciclopédica presentará al niño todo lo que el hombre manifiesta y cultiva. El hombre que se manifiesta promoviendo por su actividad la civilización material y técnica; el hombre que ordena lo real a través del pensamiento, inventando el lenguaje y dándole sus reglas; el hombre que se adueña de esa realidad en el razonamiento experimental y dando lugar a las ciencias; pero también el hombre que concibe el ser íntimo de las cosas y lo expresa en la poesía, la música y las artes plásticas; el hombre que se toma a sí mismo como problema y trata de explicarse el misterio de su ser contradictorio; el hombre que tiende a un orden que lo sobrepasa y que se inserta en él por el acto religioso.
Más en concreto, la educación humanista le presentará al niño los hombres en su realidad concreta y viviente, diversos hombres en su vida y sus realizaciones, potenciales modelos de una vida humana en lo humano. El reino de los valores humanos es amplísimo, y se lo encuentra a través de ejemplos en todas las actividades y situaciones. ¿Tarea imposible? Es amplísimo el campo de lo humano; pero el maestro deberá estar en condiciones de presentar a sus alumnos un panorama suficientemente variado de manifestaciones diferentes para que cada uno de ellos pueda encontrar donde polarizar sus energías, donde encontrar a qué atenerse, y donde encontrar también ejemplos que lo liberen de las polarizaciones anteriores para llegar a un sí mismo que está más allá de todo ejemplo.
La teleología de una educación humanista, su finalidad y conjunto de fines, el modo como los dice, tienen así un carácter iniciático o – lo que es lo mismo – propedéutico: introducir al niño en su condición humana, en aquél que él es, y hacerlo en la acción misma; “agendo agenda discantur”, sugería Comenio: “que aprendan a hacer haciendo”.
Hacia una iluminación de la escuelaHacia una iluminación de la escuela rescatando su humanidad
Deseamos sugerir instancias de “iluminación” de la escuela a partir del descubrimiento de una “nueva conciencia” sobre sí misma y sobre el entorno en que se halla inserta. Entendemos que esta conciencia nueva, amplia, se genera a partir de un cambio en las descripciones que la escuela hace de sí misma y de ese entorno y que posee características como las siguientes:
Complejidad de los contextosComplejidad de los contextos en que se ubica la escuela.
La escuela se debate hoy en medio de un complejo panorama social que no siempre logra captar ni manejar educativamente. Señalemos algunas de sus características (Morin 1999):
El difícil camino hacia la ciudadanía terrestre. El fondo del proceso al que hemos venido llamando “globalización” no es o |